Le pregunto a mi mamá en voz baja: ¿éste es el río o el mar?
No suelo visitar un lugar sin el mapa correspondiente en la mano. En general, ya sé de antemano hacia dónde voy a caminar, en qué calle doblará el colectivo y los nombres de todas las estaciones de tren o subte, incluyendo, claro, en la que me tengo que bajar. También acostumbro leer acerca de la historia del lugar, sus costumbres, hábitos alimentarios y demás cuestiones de interés turístico y cultural.
Montevideo pasa fugaz ante mis anteojos de sol, por primera vez de día. ¿Eso es una isla, má? Un islote. No sé lo que es un islote. No sé qué hace ahí, tan cerca de la costa, como una tira de palmeras en el río.
… Río y palmeras.
La rambla se extiende desolada y sola. La bandera del bañero flamea amarilla. El musgo de las piedras semicubiertas por el agua amarronada del río…
… Río y verde.
Al otro lado de la calle, algunos edificios que, como en Florianópolis, no parecen de ninguna época, de ningún arquitecto, de ningún estilo… Ahí están: ventanitas diminutas que ocultan el mar, ladrillos imposibles que huyen del viento, cemento gris, tejas negras, portones de madera gastada por el tiempo y por la sal...
La arena es asombrosamente clara. El agua del mar se acerca a un verde… mar. Adivino que no hace mucho calor, ya que no hay gente tomando sol.
Es martes.
¿En qué parte del croquis del folleto estamos? A ver, dame, voy a tratar de ubicarme. Por primera vez en este viaje, me hago cargo.
(Estamos fuera del mapa, me dice mi intuición). No tengo idea, ¿no hay un mapa mejor?
Uruguay está tan cerca… Por eso lo postergué durante años. Sin embargo, me vengo a enterar ahora: mis primeras vacaciones fueron de este lado del río.
… Se ve que todo empezó en el agua amarronada del Río de la Plata… Me cuenta mi mamá que, cuando tenía dos meses, salían a remar por El Tigre y el moisés iba en el piso del bote. Yo levantaba la cabeza, tratando de mirar hacia fuera. Mi peladita se movía al compás de la oleada. No entiendo cómo mis abuelas permitían esta locura… (Será por eso que fui temeraria en mi infancia).
Dejamos la interbalnearia para tomar una autopista. Nota mental para cuando vengamos en auto (aunque ya me perdí parte importante del recorrido). A nuestra derecha, el parque Roosevelt, que es más bien un bosque enorme y frondoso que se aleja varias cuadras en ambas direcciones. Un montón de árboles extienden el cogote hacia el cielo. ESTE... Vamos siguiendo todos los carteles que dicen ESTE.
Mi lectura se detiene en Atlántida.
Estamos por llegar a Atlántida, tu primer destino de vacaciones. Con tu papá alquilamos una casita en esta playa porque era tranquilo.
Es. Las casas bajas y modestas se suceden como un hilo fino y lento. Más allá, el océano verdoso se asoma esporádicamente al final de cada callecita.
Aquella vez tuve mi primer contacto con el agua fresca y salada del Atlántico. Si todavía me asombra la vastedad de ese manto infinito… me imagino la impresión que me habré llevado a los dos años. Sin embargo, el mar y yo nos hicimos amigos desde entonces. Tal vez ese primer encuentro marcó mi título nobiliario de muchos años después: La Princesa del Mar Infinito.
Para mi asombro, comienzan a brotar colinas verdes a ambos lados del camino. El Pan de Azúcar corona el cuadro. El chofer nos cuenta que la cruz está muy rota; van a tener que renovarla pronto… a ver si así el resto no se rompe con ella…
No esperaba el ondular del terreno sobre la costa, ni la vegetación acercarse al mar… Me alegré: algo cambió desde aquel verano en Atlántida y hoy hay sólo un par de cosas que me conquistan de la playa: la altura y el verde (aunque el límite del océano es casi tan lejano como el horizonte más allá de las cimas nevadas.)
Piriápolis queda atrás y ya falta poco para llegar. La emoción de un nuevo destino es vasta como el mar. Siempre.
Suelo apurarme para incorporar a mi cerebro la mayor cantidad de cosas en la menor cantidad de tiempo posible, haciendo colapsar mi retina la mayor parte de las veces.
No hoy.
No acá.
Desde el balcón, ese camino húmedo hacia el infinito se aprecia lentamente…
Dos pajaritos comen las migas de pan que dejamos sobre la mesa y luego huyen.
Abundan las sonrisas amables y los gestos cálidos.
Me encuentro con el sol y con el canto del mar.
Me duermo al atarceder…