jueves, 25 de noviembre de 2010

Uruguay: primera pasada


Le pregunto a mi mamá en voz baja: ¿éste es el río o el mar?
No suelo visitar un lugar sin el mapa correspondiente en la mano. En general, ya sé de antemano hacia dónde voy a caminar, en qué calle doblará el colectivo y los nombres de todas las estaciones de tren o subte, incluyendo, claro, en la que me tengo que bajar. También acostumbro leer acerca de la historia del lugar, sus costumbres, hábitos alimentarios y demás cuestiones de interés turístico y cultural.
Montevideo pasa fugaz ante mis anteojos de sol, por primera vez de día. ¿Eso es una isla, má? Un islote. No sé lo que es un islote. No sé qué hace ahí, tan cerca de la costa, como una tira de palmeras en el río.
… Río y palmeras.
La rambla se extiende desolada y sola. La bandera del bañero flamea amarilla. El musgo de las piedras semicubiertas por el agua amarronada del río…
… Río y verde.
Al otro lado de la calle, algunos edificios que, como en Florianópolis, no parecen de ninguna época, de ningún arquitecto, de ningún estilo… Ahí están: ventanitas diminutas que ocultan el mar, ladrillos imposibles que huyen del viento, cemento gris, tejas negras, portones de madera gastada por el tiempo y por la sal...
La arena es asombrosamente clara. El agua del mar se acerca a un verde… mar. Adivino que no hace mucho calor, ya que no hay gente tomando sol.
Es martes.
¿En qué parte del croquis del folleto estamos? A ver, dame, voy a tratar de ubicarme. Por primera vez en este viaje, me hago cargo.
(Estamos fuera del mapa, me dice mi intuición). No tengo idea, ¿no hay un mapa mejor?
Uruguay está tan cerca… Por eso lo postergué durante años. Sin embargo, me vengo a enterar ahora: mis primeras vacaciones fueron de este lado del río.
… Se ve que todo empezó en el agua amarronada del Río de la Plata… Me cuenta mi mamá que, cuando tenía dos meses, salían a remar por El Tigre y el moisés iba en el piso del bote. Yo levantaba la cabeza, tratando de mirar hacia fuera. Mi peladita se movía al compás de la oleada. No entiendo cómo mis abuelas permitían esta locura… (Será por eso que fui temeraria en mi infancia).
Dejamos la interbalnearia para tomar una autopista. Nota mental para cuando vengamos en auto (aunque ya me perdí parte importante del recorrido). A nuestra derecha, el parque Roosevelt, que es más bien un bosque enorme y frondoso que se aleja varias cuadras en ambas direcciones. Un montón de árboles extienden el cogote hacia el cielo. ESTE... Vamos siguiendo todos los carteles que dicen ESTE.
Mi lectura se detiene en Atlántida.
Estamos por llegar a Atlántida, tu primer destino de vacaciones. Con tu papá alquilamos una casita en esta playa porque era tranquilo.
Es. Las casas bajas y modestas se suceden como un hilo fino y lento. Más allá, el océano verdoso se asoma esporádicamente al final de cada callecita.
Aquella vez tuve mi primer contacto con el agua fresca y salada del Atlántico. Si todavía me asombra la vastedad de ese manto infinito… me imagino la impresión que me habré llevado a los dos años. Sin embargo, el mar y yo nos hicimos amigos desde entonces. Tal vez ese primer encuentro marcó mi título nobiliario de muchos años después: La Princesa del Mar Infinito.
Para mi asombro, comienzan a brotar colinas verdes a ambos lados del camino. El Pan de Azúcar corona el cuadro. El chofer nos cuenta que la cruz está muy rota; van a tener que renovarla pronto… a ver si así el resto no se rompe con ella…
No esperaba el ondular del terreno sobre la costa, ni la vegetación acercarse al mar… Me alegré: algo cambió desde aquel verano en Atlántida y hoy hay sólo un par de cosas que me conquistan de la playa: la altura y el verde (aunque el límite del océano es casi tan lejano como el horizonte más allá de las cimas nevadas.)
Piriápolis queda atrás y ya falta poco para llegar. La emoción de un nuevo destino es vasta como el mar. Siempre.
Suelo apurarme para incorporar a mi cerebro la mayor cantidad de cosas en la menor cantidad de tiempo posible, haciendo colapsar mi retina la mayor parte de las veces.
No hoy.
No acá.
Desde el balcón, ese camino húmedo hacia el infinito se aprecia lentamente…
Dos pajaritos comen las migas de pan que dejamos sobre la mesa y luego huyen.
Abundan las sonrisas amables y los gestos cálidos.
Me encuentro con el sol y con el canto del mar.
Me duermo al atarceder…

domingo, 21 de noviembre de 2010

La Paz


Ángeles mestizos volaban
Las polleras susurrando inmundicias
Colores incapaces de verse
Sonidos negros auguraban mi muerte
El callejón sin salida hacia mí
Gallinas que huían de los canastos
Choclos inmensos con queso
Mis mantas alejaban los villancicos borrachos
Las luces hipócritas de los barrios altos
Soroche
Verano
Latidos urgentes
Tus manos, tan lejos…

Cuzco

Hace algún tiempo que tengo el deseo incontenible de volver a Cuzco
Es la atmósfera
Los choclos al mismísimo borde de la exageración,
con la tajada de queso blanquísimo sobre el amarillo imposible de los granos
La caminata lenta                             y                          pausada a través de valles dibujados con piedra
Las subidas casi penosas
Las bajadas invisibles...
                                   el sol
La confusión de los mercados, de los vendedores, de las mercancías... de los miles de pasos que dimos
Los arco iris de las polleras
La inmensidad del aire que huía desde mí y hasta mí
(Castaneda entrando por el umbral de ese paisaje espeso...)
El tren
La explosión desde el interior del pasadizo
Los amigos,
                  los otros
La ceremonia representada y verdadera del nuevo milenio
... y los millones de ojos bajando urgentes del santuario a los bares
Las aguas más que tibias
Las pulgas del ahorro
La cruz de cuatro puntas iguales, iguales, iguales, iguales
La presencia inevitable del segmento invasor
La bandera de siete colores,
                                          las fronteras de la paz...
La revancha
Volver
          a estar tan cerca y tan lejos
Volver al impagable balcón de Félix,
a las cenas del mismo precio que los helados del quiosco,
a la bolsa de dormir,
al té de coca,
al malestar infinito de la distancia al mar,
a los brazos extendidos en el horizonte,
a la onda expansiva de los miles de años...
Hoy te extraño, Cuzco.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Cursi


hoy me siento más sola en mi suspiro ahogado
me busco para hacerme compañía
me abandono
me retuerzo
me desdibujo en espiral
(hacia adentro)
hoy tengo apenas mi respiración
mañana volverán los latidos encendidos de esperar
hoy solamente me apago
ni las luces de emergencia quedan
ni el sonido de la puerta del ascensor
sólo segundos que caen tan absortos como mi frente
minutos que pasan afilados como mis uñas
horas que rebotan sordas en mi estómago vacío
espero
mis ojos esperan
mis dedos atrapan en la oscuridad
            el ruido de tus llaves

sábado, 6 de noviembre de 2010

Casa mía

La primera vez que fuimos a Bariloche, salimos al amanecer. El asiento trasero del Renault 6 hacía de cama. Supongo que ambas cosas cumplían la función de que nosotros tres viajáramos dormidos la mayor parte del tiempo posible. Andrés ni siquiera caminaba y apenas tomaba nota en su propio idioma, mientras señalaba con el dedo índice en dirección a las cosas que le interesaban. Julián y yo nos peleamos la mayor parte del viaje; de ese viaje y de todos los demás hasta hace algunos pocos años, lo que, eventualmente, traía algún manotazo volador desde la parte delantera del auto. Pero no todo lo que llegaba desde ahí amenazaba: también había sándwiches, tartas, galletitas y, cuando mi mamá decidía correr el riesgo, una tacita de aluminio con té.
El viaje fue larguísimo. Mucho más largo de lo que es hoy, arriba de este avión, que apenas me dará tiempo para hacer memoria y darme cuenta de que me olvidé los guantes… Cuando Julián y yo, que, si no estábamos peleando, éramos muy amigos, hicimos la tradicional pregunta de ¿cuándo llegamos?, nos quedamos duros ante la respuesta: mañana. Al principio nos reímos. Después de insistir, nos enojamos. Y, finalmente, con el correr de las horas y el motel estacionado en nuestras narices, entendimos que, por más inverosímil que resultara, era cierto: llegaríamos al día siguiente.
En ese entonces, viajar a Bariloche era diferente: había que amigarse con el Renault 6, la ruta, los sándwiches, los manotazos y esperar, esperar, esperar… mientras, por la ventana,  pasaban las vaquitas en el campo infinito, los pueblos como desparramados por ahí; después, la estepa amarilla, las montañas decapitadas por el viento, el verde asomando inseguro entre los eucaliptos en hilera, las chacras junto al río y, finalmente, las cimas a lo lejos, los bosques encantados y las aguas tímidas del Nahuel, apareciendo después de esa curva mágica…
Mi papá había alquilado un bungalow en Los Castaños del Gutiérrez, a orillas del lago. Ese primer verano desayunábamos observados por un gato, que se paraba en el marco de la ventana. Después bajábamos a la playa, que a mí me encantaba porque no tenía arena (lo de la milanesa no es mi fuerte). Otra cosa que me cautivó por completo fue mirarme los pies a través del agua. Me parecía algo genial… (Todavía lo es). Ya desde ese verano nos habituamos a los chapuzones helados. Cuando volvíamos de la montaña, corríamos hasta el lago sin pensarlo demasiado y nos metíamos en el agua a los gritos, para salir enseguida y acostarnos sobre las piedras calientes con la sangre casi huyendo por las venas…
Fue a la vuelta de uno de esos paseos que mi papá se detuvo en seco a pocos metros de la entrada a la cabaña, en medio del camino de ripio que iba desde el puente de Villa los Coihues hasta la casa del guardaparques. Se quedó en silencio mientras mi mamá lo miraba sin entender mucho. Después creo que los dos se fueron acordando y se bajaron del auto corriendo a la voz de “¡este es el terreno!”.
Muchos años antes (aunque tal vez no tantos), Miguel había ido a escalar a Perú y había conocido a Ana, una limeña de piel aceituna que le recordó a su futuro. Se enamoraron y planearon vivir en Argentina. Aunque Miguel era porteño, Bariloche fue elegida por las mismas razones que llevaron a mi papá a subirse ese verano al Renault 6 con su mujer y sus tres hijos, aunque no fuese un emprendimiento fácil. Así que los recién casados compraron ese pedacito de tierra, frente al lago Gutiérrez, dentro de un bosque inmenso y al borde de un espejismo.
La cosa es que, tiempo después, Ana se declaró incapaz de dejar Perú y mis papás, por hacerles un favor, les compraron el terreno.
… Y ahí estábamos. Petrificados. De pie. Codo a codo. Junto a un coihue que, algún tiempo después, sería derribado por los bueyes de Pirincho para poner en su lugar los cimientos de la casa más mía.
La noticia (que, más bien, no era noticia, sino algo que se hizo real de forma repentina) causó una alegría tan grande en la familia, que el resto del verano y los meses que le siguieron, se transformaron en la planificación de esa cabaña en Villa los Coihues. El héroe de esta aventura, de profesión: arquitecto, se las arregló para que, un par de temporadas después, el terreno alojara su castillo; la morada del rey Mipapá.
En la zona más humilde del barrio, vivía un señor famosísimo por las mascotas que pastaban en su jardín: bueyes. El día pactado, llegó una pareja de estos mastodontes al estilo vaca gigante, comandados por el dueño del circo: Pirincho. Atrás, montados en su camioneta (que era conducida por su mujer), los nueve hijos de ambos, de las edades más variadas. Entre todos y en perfecta armonía se ocuparon de quitar un par de coihues que, según explicó mi papá cuando yo me puse a llorar, estaban demasiado viejos y corrían el riesgo de caer sobre la casa. Con parte de los troncos, hicieron una mesa con cinco banquitos que todavía está junto al jardín de invierno.
Lo primero fue dibujar la cabaña con tanza sobre la tierra negra pisada. Parecía diminuta entre los árboles inmensos. Pero el arquitecto dijo que eso pasa siempre: parece más chico de lo que es. Nuestro cuarto no estaba en el dibujo porque quedaría en el segundo piso. La entrada, que daba al camino de ripio, se transformaba en una curva que subía empinada hasta la casita de Juan, el cuidador. Desde ahí, habría escaleras hasta nuestra puerta.
El día que pusieron las primeras vigas, casi me muero del susto: ¡era imposible que eso nos sostuviera a todos! Se veía tan frágil… Yo no quería ni pensar en el segundo piso y me imaginaba aterrizando sobre la mesa del comedor con cama y todo. El arquitecto volvió a interferir: habría muchos más tablones para ayudar a sostener la casa. Y, aunque no me convenció demasiado, debía tener razón, ya que toda esa estructura sigue ahí, tal cual fue levantada esa primavera.
El estreno fue en verano. Berta, la mujer de Juan, cocinaba pan casero y nos hacía tostadas sobre la salamandra. La superficie de cada rebanada tomaba un color tan parejo que parecía imposible, al igual que las frambuesas de la mermelada. Esos desayunos eran mágicos. La ventana del comedor se metía en el bosque, casi pegada a la huerta, que se extendía escalonada sobre la pendiente. A la mañana, el sol entraba derecho hasta la mesa y había que entrecerrar los ojos para devorar las tostadas de Berta. Su delantal siempre tenía olor a pan casero y nunca le conté que en realidad la abrazaba para sentir ese aroma…
El primer invierno nos encontró desabrigados. Así que, la noche que llegamos, nos acostamos vestidos y nos tapamos con todo lo que sirvió de manta: cortinas, manteles, alfombras y más. Mi papá consiguió un aparato al que él llamó estufa, pero que nosotros apodamos “cohete”. No sabíamos cómo funcionaba pero nos enteramos al día siguiente. Apenas pasada la madrugada, nos despertó un ruido de espanto: la supuesta estufa era una resistencia con forma de tubo que se usa para calentar galpones inmensos. La verdad es que, a pesar del shock inicial, la casa estaba mágicamente tibia en pocos minutos.
Cuando, en invierno, nos olvidábamos la ropa tendida afuera, amanecía congelada en la soga. Las medias eran espadas de hielo en las batallas más sangrientas, que, de todas formas, duraban sólo hasta que caían derretidas de nuestras manos…
Lo mejor de los veranos eran las corridas de Tarzán cuando escuchaba acercarse el auto y ladraba sobre las ventanillas abiertas hasta que nos bajábamos. Después nos seguía hasta el palier, moviendo la cola enloquecida. En ese cubículo de vidrio que yo llamo de una forma tan refinada, dejábamos los zapatos llenos de nieve en invierno y la tierra del resto del año, porque sino Berta tenía que barrer cien veces por día. Las tardes en el agua fría del lago siguieron alborotando la sangre de nuestras venas y las caminatas por la montaña fueron siempre la mejor parte.
Cuando me enteré de que la casa estaba en venta, quise correr a despedirme, pero no entendieron lo necesario que era, así que me tuve que aguantar hasta ahora. El viaje en avión fue mucho más corto y confortable que en Renault 6, pero el servicio, mucho peor: faltaron los sándwiches de mi mamá (y los manotazos). Al llegar a la villa no me recibió Tarzán, y caminé sola hasta la subida de la casa. Las amancay bajan el sol hasta el jardín y el cartel con el nombre de mi viejo hogar sigue donde estaba. Me siento a juntar coraje. Una señora descorre la cortina del comedor pero no me ve. Desde afuera, reclamo al pasado lo que es mío. Después vuelvo por el mismo camino. Todavía tengo el agua fría.

Todavía...

los pájaros, cual muertos vivos, avanzan con los brazos en alto
                                                                                              hasta mi cama
se suman en una mueca disonante
(mis pies solos)
los ronquidos del desamor
la luna, que, como si no importara, desaparece
me apuro
los sonidos evidentes de cada paso
el segundo exacto en que,
                                      una vez más,
la mariposa muere en su capullo
(sin ser)
            retorciéndose en su madeja de seda

¿cómo amigarme con esta madrugada?

martes, 2 de noviembre de 2010

Esta tarde

Es apenas pasado mi momento favorito del día... El cielo abandonó los tintes rosados para acercarse cada vez más envolvente y gris.
Cuento con esa preciosa y preciada "vista abierta", como dicen los agentes inmobiliarios. Tras la baranda de mi balcón, nada. Más de dos manzanas de nada en absoluto...
Después, sólo después, algunos edificios bajos y una torre asquerosa, donde no hace mucho consideramos mudarnos (esos sí que tienen vista abierta...).
Y todavía más allá, adivino el río, el final inevitable de la ciudad. Me alegra estar tan cerca de ese límite.
Los aviones pasan rozando los techos de los edificios que, a mis ojos, se desploman en el agua densa de un río que, desde abajo, se hace el mar (desde el aire se hace hilo y se hace nada).
Buenos Aires.
A veces nos amigamos.