domingo, 23 de marzo de 2014

Maple syrup fudge


Decido comer un pedazo de fudge, aunque son menos de las once de la mañana. Viejas y rígidas estructuras se rompen en los trenes.
Pienso que, en definitiva, fue genial venir en tren. El camino en auto hasta Perú y la vuelta a la estación fueron un momento más de encuentro con amigos y tuvimos la oportunidad de escuchar historias y charlar acerca del paisaje, las ciudades, los pueblitos...
El río Hudson sigue congelado. Los juncos amarillos siguen erguidos y secos. Claro, pasaron sólo un par de días. Sin embargo pareció mucho más.
Últimamente el tiempo se viene expandiendo, como si viviéramos dentro de un globo que se infla y se infla sin parar. Cada vez hay más espacio, el horizonte se aleja, los círculos del reloj se amplían... Sobre el final de marzo, pareciera que este año empezó hace varios meses. Según mis cálculos, ya debería ser más de mitad de año.
Acá estamos. Recién comienza la primera primavera del 2014.
Pienso que los trenes me gustan. Hay algo en los trenes, como si el tiempo se detuviera sobre las vías. Y todos somos cómplices hasta que, al llegar a la siguiente estación, el reloj vuelve a girar, los rostros se renuevan y también entra aire fresco del exterior.
La señora en frente sigue durmiendo, el señor muy cerca mío sigue haciendo compras por internet. El guardia va y viene. Hace calor. Mi pelo, como suele pasar en los viajes, se volvió tan lacio que da miedo.
Pienso que el calor me está dejando un poco tonta, o será el viaje, las valijas, las horas, el queso, las nubes, los espejos, los recuerdos, las pretensiones, las palabras, los ojos, las preguntas. Será que al detenernos por unos años el tiempo va a ir

rápido otra vez? Espero que no.

viernes, 21 de marzo de 2014

Cambio de planes

Veo pasar algunos manchones de nieve como chispas. Trabados en los estacionamientos, entre los camiones de un depósito... También pasan sobre el agua filas interminables de juncos amarillos y pálidos. La mayor parte de las hojas ya no está sobre los árboles. El entorno es tristemente gris. Tristemente más bien por las circunstancias. Una laguna congelada se interpone entre mis pensamientos y mis dedos.

El viaje en tren desde Penn Station hasta Albany tiene un largo desconocido, un paisaje inesperado, un gusto extraño a mil palpitaciones a la vez. Trato de recuperarme del cambio de planes. (Trato de no pensar en el momento en el que decidí no cargar el documento que hacía falta para retirar el auto).
La pataleta duró unos segundos. Era momento de tomar una decisión... otra vez. Una llamada. Un taxi. Otra llamada. Este tren.
El chirrido agudo de un engranaje poco flexible que suena. Las personas más rígidas hacemos ruido en el impulso de quebrar paradigmas. A veces es tanto que duele. Pero ya hoy es otra época. Me sobrepongo a la molestia física de cambiar los planes, de adaptarnos a esta nueva condición. Otra patada fuera de mi zona de confort. Se siente tan bien que quiero gritar de felicidad.
Faltan tres o cuatro estaciones. Hay que afinar el oído y escuchar con atención el sonido del altoparlante que se oye en el vagón contiguo. Mientras recorremos esta ruta desconocida, vienen recuerdos de otros lugares, como suele pasarme. Otras paredes de roca, otras lagunas, otros túneles, otros otoños...
Sin embrago, todo esto es único. Esos pequeños recortes de cielo azul entre las nubes oscuras. Los manchones de nieve, que llegaron de un cielo diferente. Las casitas al borde del camino están habitadas por personas que nunca vi, que encienden sus hogares mientras por la ventana espían los pedazos de hielo avanzando sobre el río. Una cosa es cierta y repetida: nuevamente estoy lejos de casa. El círculo empieza a girar.