Decido comer un pedazo de fudge, aunque son menos de las once de la mañana. Viejas y rígidas estructuras se rompen en los trenes.
Pienso que, en definitiva, fue genial venir en tren. El camino en auto hasta Perú y la vuelta a la estación fueron un momento más de encuentro con amigos y tuvimos la oportunidad de escuchar historias y charlar acerca del paisaje, las ciudades, los pueblitos...
El río Hudson sigue congelado. Los juncos amarillos siguen erguidos y secos. Claro, pasaron sólo un par de días. Sin embargo pareció mucho más.
Últimamente el tiempo se viene expandiendo, como si viviéramos dentro de un globo que se infla y se infla sin parar. Cada vez hay más espacio, el horizonte se aleja, los círculos del reloj se amplían... Sobre el final de marzo, pareciera que este año empezó hace varios meses. Según mis cálculos, ya debería ser más de mitad de año.
Acá estamos. Recién comienza la primera primavera del 2014.
Pienso que los trenes me gustan. Hay algo en los trenes, como si el tiempo se detuviera sobre las vías. Y todos somos cómplices hasta que, al llegar a la siguiente estación, el reloj vuelve a girar, los rostros se renuevan y también entra aire fresco del exterior.
La señora en frente sigue durmiendo, el señor muy cerca mío sigue haciendo compras por internet. El guardia va y viene. Hace calor. Mi pelo, como suele pasar en los viajes, se volvió tan lacio que da miedo.
Pienso que el calor me está dejando un poco tonta, o será el viaje, las valijas, las horas, el queso, las nubes, los espejos, los recuerdos, las pretensiones, las palabras, los ojos, las preguntas. Será que al detenernos por unos años el tiempo va a ir

