Veo pasar algunos manchones de nieve como chispas. Trabados en los
estacionamientos, entre los camiones de un depósito... También pasan sobre el
agua filas interminables de juncos amarillos y pálidos. La mayor parte de las hojas ya no está sobre los árboles. El entorno es
tristemente gris. Tristemente más bien por las circunstancias. Una laguna congelada se interpone entre mis pensamientos y mis dedos.
El viaje en tren desde Penn Station hasta Albany tiene un largo
desconocido, un paisaje inesperado, un gusto extraño a mil palpitaciones
a la vez. Trato de recuperarme del cambio de planes. (Trato de no pensar en el
momento en el que decidí no cargar el documento que hacía falta para
retirar el auto).
La pataleta duró unos segundos. Era momento de tomar una decisión... otra vez. Una llamada. Un taxi. Otra llamada. Este tren.
El chirrido agudo de un engranaje poco flexible que suena. Las personas más rígidas hacemos ruido en el impulso de quebrar paradigmas. A veces es tanto que duele. Pero ya hoy es otra
época. Me sobrepongo a la molestia física de cambiar los
planes, de adaptarnos a esta nueva condición. Otra patada fuera de mi zona de confort. Se siente tan bien que
quiero gritar de felicidad.
Faltan tres o cuatro estaciones. Hay que afinar el oído y escuchar con
atención el sonido del altoparlante que se oye en el vagón contiguo. Mientras recorremos esta ruta desconocida, vienen recuerdos de otros
lugares, como suele pasarme. Otras paredes de roca, otras lagunas, otros
túneles, otros otoños...
Sin embrago, todo esto es único. Esos pequeños recortes de cielo azul
entre las nubes oscuras. Los manchones de nieve, que llegaron de un cielo
diferente. Las casitas al borde del camino están habitadas por personas
que nunca vi, que encienden sus hogares mientras por la ventana espían
los pedazos de hielo avanzando sobre el río. Una cosa es cierta y repetida:
nuevamente estoy lejos de casa. El círculo empieza a girar.

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