La primera vez que fuimos a Bariloche, salimos al amanecer. El asiento trasero del Renault 6 hacía de cama. Supongo que ambas cosas cumplían la función de que nosotros tres viajáramos dormidos la mayor parte del tiempo posible. Andrés ni siquiera caminaba y apenas tomaba nota en su propio idioma, mientras señalaba con el dedo índice en dirección a las cosas que le interesaban. Julián y yo nos peleamos la mayor parte del viaje; de ese viaje y de todos los demás hasta hace algunos pocos años, lo que, eventualmente, traía algún manotazo volador desde la parte delantera del auto. Pero no todo lo que llegaba desde ahí amenazaba: también había sándwiches, tartas, galletitas y, cuando mi mamá decidía correr el riesgo, una tacita de aluminio con té.
El viaje fue larguísimo. Mucho más largo de lo que es hoy, arriba de este avión, que apenas me dará tiempo para hacer memoria y darme cuenta de que me olvidé los guantes… Cuando Julián y yo, que, si no estábamos peleando, éramos muy amigos, hicimos la tradicional pregunta de ¿cuándo llegamos?, nos quedamos duros ante la respuesta: mañana. Al principio nos reímos. Después de insistir, nos enojamos. Y, finalmente, con el correr de las horas y el motel estacionado en nuestras narices, entendimos que, por más inverosímil que resultara, era cierto: llegaríamos al día siguiente.
En ese entonces, viajar a Bariloche era diferente: había que amigarse con el Renault 6, la ruta, los sándwiches, los manotazos y esperar, esperar, esperar… mientras, por la ventana, pasaban las vaquitas en el campo infinito, los pueblos como desparramados por ahí; después, la estepa amarilla, las montañas decapitadas por el viento, el verde asomando inseguro entre los eucaliptos en hilera, las chacras junto al río y, finalmente, las cimas a lo lejos, los bosques encantados y las aguas tímidas del Nahuel, apareciendo después de esa curva mágica…
Mi papá había alquilado un bungalow en Los Castaños del Gutiérrez, a orillas del lago. Ese primer verano desayunábamos observados por un gato, que se paraba en el marco de la ventana. Después bajábamos a la playa, que a mí me encantaba porque no tenía arena (lo de la milanesa no es mi fuerte). Otra cosa que me cautivó por completo fue mirarme los pies a través del agua. Me parecía algo genial… (Todavía lo es). Ya desde ese verano nos habituamos a los chapuzones helados. Cuando volvíamos de la montaña, corríamos hasta el lago sin pensarlo demasiado y nos metíamos en el agua a los gritos, para salir enseguida y acostarnos sobre las piedras calientes con la sangre casi huyendo por las venas…
Fue a la vuelta de uno de esos paseos que mi papá se detuvo en seco a pocos metros de la entrada a la cabaña, en medio del camino de ripio que iba desde el puente de Villa los Coihues hasta la casa del guardaparques. Se quedó en silencio mientras mi mamá lo miraba sin entender mucho. Después creo que los dos se fueron acordando y se bajaron del auto corriendo a la voz de “¡este es el terreno!”.
Muchos años antes (aunque tal vez no tantos), Miguel había ido a escalar a Perú y había conocido a Ana, una limeña de piel aceituna que le recordó a su futuro. Se enamoraron y planearon vivir en Argentina. Aunque Miguel era porteño, Bariloche fue elegida por las mismas razones que llevaron a mi papá a subirse ese verano al Renault 6 con su mujer y sus tres hijos, aunque no fuese un emprendimiento fácil. Así que los recién casados compraron ese pedacito de tierra, frente al lago Gutiérrez, dentro de un bosque inmenso y al borde de un espejismo.
La cosa es que, tiempo después, Ana se declaró incapaz de dejar Perú y mis papás, por hacerles un favor, les compraron el terreno.
… Y ahí estábamos. Petrificados. De pie. Codo a codo. Junto a un coihue que, algún tiempo después, sería derribado por los bueyes de Pirincho para poner en su lugar los cimientos de la casa más mía.
La noticia (que, más bien, no era noticia, sino algo que se hizo real de forma repentina) causó una alegría tan grande en la familia, que el resto del verano y los meses que le siguieron, se transformaron en la planificación de esa cabaña en Villa los Coihues. El héroe de esta aventura, de profesión: arquitecto, se las arregló para que, un par de temporadas después, el terreno alojara su castillo; la morada del rey Mipapá.
En la zona más humilde del barrio, vivía un señor famosísimo por las mascotas que pastaban en su jardín: bueyes. El día pactado, llegó una pareja de estos mastodontes al estilo vaca gigante, comandados por el dueño del circo: Pirincho. Atrás, montados en su camioneta (que era conducida por su mujer), los nueve hijos de ambos, de las edades más variadas. Entre todos y en perfecta armonía se ocuparon de quitar un par de coihues que, según explicó mi papá cuando yo me puse a llorar, estaban demasiado viejos y corrían el riesgo de caer sobre la casa. Con parte de los troncos, hicieron una mesa con cinco banquitos que todavía está junto al jardín de invierno.
Lo primero fue dibujar la cabaña con tanza sobre la tierra negra pisada. Parecía diminuta entre los árboles inmensos. Pero el arquitecto dijo que eso pasa siempre: parece más chico de lo que es. Nuestro cuarto no estaba en el dibujo porque quedaría en el segundo piso. La entrada, que daba al camino de ripio, se transformaba en una curva que subía empinada hasta la casita de Juan, el cuidador. Desde ahí, habría escaleras hasta nuestra puerta.
El día que pusieron las primeras vigas, casi me muero del susto: ¡era imposible que eso nos sostuviera a todos! Se veía tan frágil… Yo no quería ni pensar en el segundo piso y me imaginaba aterrizando sobre la mesa del comedor con cama y todo. El arquitecto volvió a interferir: habría muchos más tablones para ayudar a sostener la casa. Y, aunque no me convenció demasiado, debía tener razón, ya que toda esa estructura sigue ahí, tal cual fue levantada esa primavera.
El estreno fue en verano. Berta, la mujer de Juan, cocinaba pan casero y nos hacía tostadas sobre la salamandra. La superficie de cada rebanada tomaba un color tan parejo que parecía imposible, al igual que las frambuesas de la mermelada. Esos desayunos eran mágicos. La ventana del comedor se metía en el bosque, casi pegada a la huerta, que se extendía escalonada sobre la pendiente. A la mañana, el sol entraba derecho hasta la mesa y había que entrecerrar los ojos para devorar las tostadas de Berta. Su delantal siempre tenía olor a pan casero y nunca le conté que en realidad la abrazaba para sentir ese aroma…
El primer invierno nos encontró desabrigados. Así que, la noche que llegamos, nos acostamos vestidos y nos tapamos con todo lo que sirvió de manta: cortinas, manteles, alfombras y más. Mi papá consiguió un aparato al que él llamó estufa, pero que nosotros apodamos “cohete”. No sabíamos cómo funcionaba pero nos enteramos al día siguiente. Apenas pasada la madrugada, nos despertó un ruido de espanto: la supuesta estufa era una resistencia con forma de tubo que se usa para calentar galpones inmensos. La verdad es que, a pesar del shock inicial, la casa estaba mágicamente tibia en pocos minutos.
Cuando, en invierno, nos olvidábamos la ropa tendida afuera, amanecía congelada en la soga. Las medias eran espadas de hielo en las batallas más sangrientas, que, de todas formas, duraban sólo hasta que caían derretidas de nuestras manos…
Lo mejor de los veranos eran las corridas de Tarzán cuando escuchaba acercarse el auto y ladraba sobre las ventanillas abiertas hasta que nos bajábamos. Después nos seguía hasta el palier, moviendo la cola enloquecida. En ese cubículo de vidrio que yo llamo de una forma tan refinada, dejábamos los zapatos llenos de nieve en invierno y la tierra del resto del año, porque sino Berta tenía que barrer cien veces por día. Las tardes en el agua fría del lago siguieron alborotando la sangre de nuestras venas y las caminatas por la montaña fueron siempre la mejor parte.
Cuando me enteré de que la casa estaba en venta, quise correr a despedirme, pero no entendieron lo necesario que era, así que me tuve que aguantar hasta ahora. El viaje en avión fue mucho más corto y confortable que en Renault 6, pero el servicio, mucho peor: faltaron los sándwiches de mi mamá (y los manotazos). Al llegar a la villa no me recibió Tarzán, y caminé sola hasta la subida de la casa. Las amancay bajan el sol hasta el jardín y el cartel con el nombre de mi viejo hogar sigue donde estaba. Me siento a juntar coraje. Una señora descorre la cortina del comedor pero no me ve. Desde afuera, reclamo al pasado lo que es mío. Después vuelvo por el mismo camino. Todavía tengo el agua fría.
"le recordó a su futuro"
ResponderEliminar"reclamo al pasado lo que es mío"
seria lo que yo subrayaria si esto fuera papel
y el ultimo párrafo tendría un corchetito ponele