Mi mamá le decía a mi hermano: ¿qué estás ordenando cuando ordenás? Mi hermano ordenaba obsesivamente sus autitos en los estantes.
Cuando alguien pasaba y movía alguno apenitas y sin querer, la vena de su cuello se inflamaba un poco. Él lo reacomodaba en su ubicación con detalle milimétrico. Se tomaba un largo tiempo. Largo considerando el asunto del que se trataba. La vena también volvía a estar estacionada como al principio.
Sin embargo, latente.
Yo limpio. Si estoy sola y los vagones de mi mente se descarrilaron, no puedo hacer otra cosa.
Limpio lo que fue dicho de más. Aunque los acrílicos y los pinceles pretendan aprovechar la ocasión... yo limpio.
Bueno, también ordeno, como mi hermano. Aunque mi vena no rechina de forma evidente en mi cuello. Andá a saber hacia dónde se expande en silencio...
También hago reparaciones domésticas. Siempre hay algo para hacer, aunque los momentos para ocupar con esas tareas son muchos.
Muchas frases para reparar. ¡Nena mala!
... Atornillar una zapatilla a la pared, cambiar la felpa de las sillas para que no rayen el parquet, descongelar la heladera...
Sin embargo, lo más claro es ocuparme de la huerta. Me apeno cuando la tierra está húmeda, porque la mejor tarea es regar las macetas que se extienden en hilera a lo largo de la pared del balcón.
Las miro.
Los tomates son los más sedientos. Me gustan. Sus hojas están creciendo con velocidad y tienen un tinte rojizo por detrás.
Hoy empecé por la huerta. Y seguí por acá. ¿Será el principio de la música...?
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