lunes, 16 de enero de 2012

El mágico momento de esperar

Me siento en una de las sillas de la fila. Ventana o pasillo? Ventana. Ahora y a bordo del avión. Qué será esa necesidad casi biológica de mirar para afuera?
Ninguna de mis listas de tareas se contextualiza en Aeropuerto. No tengo internet. La lista de llamadas está vacía. Pausa.
Miro la tele donde anuncian los vuelos. Todas las filas de Aerolíneas son coronadas con un Demorado/Delayed. Todas. Todas. No importa cuál sea el destino, si el viaje es por Aerolíneas, sale tarde. En fin... Recuerdo las palabras de un piloto amigo: "Los vuelos de Aerolíneas, si salen, llegan seguro". Espero la partida.
No estoy impaciente. Aunque me separen apenas unos minutos de mi mundo conocido, de mis paredes, de las listas de tareas, en este momento preciso y precioso, no hay nada más que hacer que esperar.
Por unos instantes, me hipnotizo con los autos, micros y camiones que recorren en fila la autopista. Gente que llega a Retiro desde alguna otra provincia, gente que va al médico, a ver a un amigo, gente que llega tarde al trabajo, gente que trabaja de tarde, acoplados que terminan en el puerto, algún que otro camión liviano, sin acoplado... El tren anaranjado pasa hacia un lado y hacia el otro, delineando el paisaje.
Delineador: tengo. Brillos: tengo. Base: no uso. Podría usar. Debería investigar un poco al respecto. La idea de visitar el free shop (de volver a visitar) pulula por un instante y después se esfuma como si nada...
Cuán pocos son los momentos de este tipo, en los que solamente resta esperar. Esperar. Tengo las uñas más largas que nunca (hermosas) porque hace muchos días que la tarea de limármelas tiene baja prioridad y termina siendo pateada para otra ocasión. No queda bien hacerlo acá, así que vuelve a diluírse una tarea potencial. Esperar.
Nunca escuché tanto portugués en Buenos Aires. Me gusta la gente extranjera.
Me resigno a este aparato pulgariento, creo que me pongo seria, abro la aplicación de notas y allá voy. Antes y después de perderme por la ventana, al margen de todos los idiomas que me rodean, de la tele con la información de los vuelos, de lo que tengo que decir y no decir, del aroma que despide la comida de aeropuerto, de la mismísima espera, de los aviones que van y vienen sin ser el mío, del celular de ese tipo, de la notebook de la nena de al lado, de  los anuncios para embarcar a Punta del Este.
Punta del Este. Una aproximación completamente nueva. Sentimientos encontrados. Quiénes van a Punta del Este? Cómo fue que semejantes personalidades vacacionaron ahí?
Tengo frío. Por qué en verano tenemos que pasar frío?
Siempre me hago preguntas así.
Una chica que trabaja para el Ministerio de Turismo encuesta a los extranjeros. El señor que contesta está indignado: comer le resultó muy caro. Muy (énfasis). Ya lo sabíamos. En Rio de Janeiro no acostumbramos llevar mucho dineiro porque es perigroso y acá todo el tiempo nos están cobrando tasas extra y no nos alcanza! El turista se siente maltratado.
Ser turista es algo increíble. Genial. Fantástico.
Ahora está haciendo una descripción detallada de cómo mejorar el transporte público argentino. Gracias. El hotel fue malo.
Aclaman por altoparlante la presencia de las dos últimas pasajeras a Punta del Este. Una chica zumba a mi izquierda. Giro. El hombre de atrás se ríe con ganas del apuro, o tal vez es del brasilero que ya se hizo amigo de la entrevistadora. Mucho material para analizar. Un hombre generoso.
Desde acá se ve el barcito. Comer o no comer. Esa es la cuestión. Como decía, mucho material para analizar. Por suerte, empaqué más libros que ropa, y allá voy. Buen viaje!

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